Hoy queremos dirigirnos directamente a todos los profesionales y apasionados del vino que comparten con nosotros el respeto y la admiración por este maravilloso mundo.
Es precisamente esa pasión compartida la que me mueve a proponer una conversación, una pausa para reflexionar juntos sobre un ámbito que, a menudo, genera más debate que comprensión: el vino natural y biodinámico.
Sabemos que en muchas mesas de cata, estos vinos son recibidos con escepticismo. Aromas y sabores que se escapan de la norma, una turbidez inesperada o una vivacidad extrema pueden ser juzgados de inmediato como «defectos». Nos atrevemos a proponer, de forma muy cordial, que quizás no sean defectos, sino un dialecto distinto del mismo lenguaje del vino; uno que hemos dejado de practicar y entender debido a una estandarización profunda.
Esta estandarización, impulsada por la industria convencional, nos ha enseñado, de forma muy eficaz, que un vino «correcto» debe oler a frutas prístinas, a levaduras seleccionadas que aportan notas específicas (banana, chicle…), y debe tener una estructura pulida y homogénea. Hemos internalizado que las correcciones enológicas (ácidas, tánicas, de azúcar) son pasos necesarios para alcanzar la «calidad». Y, lo creamos o no, este paradigma se ha convertido en nuestro inconsciente colectivo, nuestro punto de referencia absoluto.
Por ello, los vinos naturales nos confrontan. Nos obligan a cuestionar: ¿Qué es lo «puro» en un vino?
Les proponemos considerar estos puntos clave:
- El terroir como protagonista, no como materia prima: La vinificación convencional busca dominar la materia prima para lograr un producto consistentemente idéntico. La vinificación natural busca ser un canal transparente para que el terruño, el clima de ese año y la variedad de uva se expresen con la mínima intervención. Ese aroma «inusual» puede ser la huella digital de un viñedo específico, no un error de fábrica.
- La fermentación espontánea como firma: El uso de levaduras indígenas (autóctonas del viñedo) en lugar de seleccionadas no es un atajo o un descuido. Es una elección consciente por complexidad, singularidad y tipicidad. Las levaduras comerciales estandarizan el perfil aromático; las indígenas lo individualizan. Lo que a veces se percibe como «salvaje» o «funky» es, en realidad, la auténtica voz de un lugar.
- La estabilidad no es sinónimo de calidad: La clarificación y filtración agresivas buscan la estabilidad microbiana y visual a toda costa, pero a menudo a expensas de la textura, la profundidad y la evolución en botella. Un vino un poco turbio puede estar lleno de vida y matices que un vino ultra-filtrado perdió para siempre. La estabilidad no debería ser el valor supremo por encima de la autenticidad.
- El “defecto» como concepto relativo: ¿Es un defecto lo que es diferente? Un vino estable, químicamente corregido y aromatizado con levaduras exógenas, ¿es más «correcto» que un vino vivo, que cambia en la copa y que cuenta una historia real de su origen?
Este no es un rechazo a el conocimiento de los expertos o a los grandes vinos convencionales. Es, sobre todo, una invitación a ampliar la mirada. Es una sugerencia de que el manual de cata que todos aprendimos es útil, pero no es incuestionable. Es un producto de su tiempo y de un modelo industrial.
Y esto nos lleva a una reflexión quizás más profunda: disfrutar de un vino y reconocer su valor profesionalmente no puede depender exclusivamente de puntuarlo según unos parámetros que nos han dictado toda la vida. El vino es mucho más que una planilla de puntuaciones. Es vida, es historia, es fundamentalmente emoción.
A veces me pregunto si no estará ahí la clave para entender por qué el consumo de vino está bajando, especialmente entre las nuevas generaciones. ¿No estaremos ahogando la magia en un mar de tecnicismos? Lo que falta quizás no es más conocimiento enciclopédico sobre barricas o variedades, sino más simplicidad y más emoción por nuestra parte como profesionales. No se trata de renunciar al conocimiento, que es un aprendizaje consciente, profundo y eterno que todos valoramos, sino de equilibrarlo con la capacidad de transmitir la pasión, la historia y la singularidad que hay en cada botella, especialmente en aquellas que rompen moldes.
Los invitamos a acercarse a un vino natural no con la cartilla de puntuación en la mano, sino con la curiosidad de un explorador. A oler y saborear preguntándose: «¿Qué me quiere contar este vino sobre su origen?» en lugar de «¿Cumple con los estándares?».
Abrirnos a esta perspectiva no significa bajar el listón de la calidad, sino redefinirla para incluir de verdad valores como la autenticidad, la tipicidad y la vitalidad. Es un desafío fascinante para nuestro paladar y nuestra profesión.
Si has llegado hasta aqui, agradesco su tiempo y su mente abierta.
Sigamos esta conversación, catemos juntos, cuestionemos juntos. El mundo del vino es demasiado rico para limitarlo a una sola forma de entenderlo.
Buenos vinos y viva la diversidad y el movimiento de resistencia del vino natural.